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Aún no hablaba,
pero entendía todo con sus vivaces ojos,
vigilando a papá.
Entre dormida y despierta,
soñaba mundos en movimiento
desde su nave: el cochecito cuna.
Detectaba con antenitas invisibles
los movimientos que dibujaban órbitas
en el universo de una silenciosa sala.
El padre acariciaba las teclas
para no despertarla,
pero el fluir de las ideas
siempre trae distracción,
y su concentración era interrumpida
por un suave, pero exigente llanto.
Entonces comprendía:
no debía detener el viaje.
Era un reclamo de amor,
una orden del corazón pequeño
que le recordaba
que soñar juntos
es también seguir moviendo el coche. 💞
✨ Reflexión
En cada cuna hay un universo,
y en cada padre despierto,
un amor que no duerme.
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